Por qué cicatrices
Durante años pensé que la estética era algo superficial. Hasta que mi hermana tuvo un accidente.
Fue en 2007. Yo tenía 23 años, estaba en la carrera, y el parabrisas le estalló en la cara.
Después vinieron meses de cicatrización. Parches, siliconas, no exponerse al sol, taparse con el pelo. Las cicatrices en su rostro le robaron algo más que piel: le robaron la confianza para mirarse al espejo.
Vimos a varios médicos en Argentina, y en todos nos dijeron lo mismo con distintas palabras: que no había mucho que hacer. En una clínica reconocida de Córdoba llegamos a tener fecha. Falló el instrumentista y se perdió la cita. Cuando la reprogramaron ella ya no quiso ir: había perdido la confianza.
Como hermano mayor y como médico, me sentí responsable de esa cicatriz.
Empecé a tratarla recién recibido de médico, estudiando, mirando vídeos. Aprendí a hacer subcisión, lipotransferencia, dermoabrasión con lija. Mi otra hermana estaba presente.
Nunca me tembló la mano. Tenía confianza en lo que estaba haciendo, y ella la tenía en mí.
Su recuperación fue lenta. Ahí aprendí a esperar. Entendí lo que es regenerar, entendí los procesos, entendí por qué combinar tratamientos daba el mejor resultado.
Sigo haciendo esas técnicas hoy — la lipotransferencia es hoy nanofat, y la dermoabrasión la hacemos cuando aplica. Lo que no puedo imaginar es habérselas hecho con 23 años.
Pude ver cómo dejó de ocultarse.
Entendió que la cicatriz no se había borrado, pero se había vuelto casi imperceptible. Ese fue un aprendizaje grande para mí también.
Hoy mi hermana hace una vida normal. Es madre.
Detrás de cada tratamiento hay una persona que solo quiere volver a sentirse bien consigo misma.